Regalo- pensamiento
Lucía, hermana, ¿viste como somos los adolescentes? ¿Será que sentimos demasiado? ¡Es cierto! ¡Somos contradictorios! Queremos decir una cosa y terminamos gritando la opuesta. Deseamos que nos escuchen, y a la misma vez…,¡cómo nos cuesta expresarnos…! Por todo ello, y aún mucho más, tenemos fama de ser difíciles para la convivencia. Es que hay que estar en nuestro pellejo. ¡Es una lucha!
Por este motivo querida, al encontrar en internet un servicio de cuentos- pensamientos a medida, como flash se me ocurrió una ingeniosa idea: te dedicaría uno, con mis recuerdos de nuestra niñez, para por siempre…,estar cerquita tuyo. Es tan bueno, sin ser malinterpretados, poder decir: “Te quiero”.
También expresaría,—sin irme por las ramas—, mi profundo sentir del sábado pasado, cuando en el living de casa, tú, después de correr hacia la puerta y regresar sonrojada, con luz en tu sonrisa me dijiste tartamudeando: “Juan Manuel, hermano, te presento…él, es Diego, mi novio”… Lucía, de tan embobada ¿no te diste cuenta que quedé hecho piedra? ¡Te quiero…! Pero. ¡qué tarada!
Ay hermana, ¿cuándo fue? ¿En qué punto fue que largamos? ¡Crecimos, crecimos, crecimos! ¿Por qué, tan rápido?
Papá y mamá, ¡la verdad, no pueden quejarse! Con diferencia de un año, lograron a su tan ansiado casal: varón mayorcito, nena preciosa con hoyuelos en las mejillas. Ni tiempo para celos tuve. A mi vida te incorporé de un saque. Fue en el preciso momento cuando mamá me mostró su panza. Intuición de golazo que le dicen: te sentía como algo intangible, pero, de que te acercabas…, estaba segurísimo.
Por muchos años compartimos el cuarto. Muñecas y pelotas no andaban entreveradas; aunque, a veces, shhh, ¡inolvidable!, de a rato cambiaran de bando. ¡Fastidiosa!, me obligabas a hacer de padre de tus barbies, pero tú…,¡qué bien pateabas de zurda!
¿Recuerdas?, ¡qué divertido! Para dormirnos, entre pulseadas, nos gritábamos: “¡Idiota! ¡Apagá la tele!”
Algunos años después, recordarás, papá, con su primer ascenso, logró por fin descomprimir un poco a la familia.
¡Sí, Lucía! ¡Hacé memoria! ¡No puede ser que no te acuerdes de aquella linda casita que tenía tres dormitorios! Ese fue nuestro despegue. Pero, te aclaro, nena, que si bien dormíamos separados —mis juguetes, conmigo, y los tuyos, contigo—, con el escritorio, no teníamos zafe. Había que compartirlo para hacer los deberes. ¡Insoportable! Tú, en tercer año de escuela, con uniforme, trenzas y la muñeca al lado, ¡me volvías loco! haciéndote memorizar las tablas…Sin embargo, ni te imaginas lo feliz que me ponía al verte acarrear tu colchoncito rosado. Dormida parecías un angelito. Por supuesto, yo dormía en el piso, y tú, pilla, calentita, en mi cama.
Y así, arrebatándonos infancia, sin aún comprender bien el porqué ni el para qué, la vida nos empezó a meter en una vorágine. Un grado seguía al otro, nuestras actividades extracurriculares comenzaron a multiplicarse. ¡Qué pena, Lucía! A ti y a mí, se nos había escapado el tiempo de la rueda – rueda…
Imposible casi divertirnos con los juegos de mesa en que solías ganarme –a veces con alguna trampa—, o, simplemente, sentarnos en la alfombra, bien pegaditos, sonrisa contra sonrisa, a escuchar un poco de música! ¿Recuerdas? ¡Ah! ¡Cómo nos gustaba…!
¿Papá? ¡Insufrible!, hasta en la cancha se vanagloriaba: “Juan Manuel…, salió a mí, ¡Es tan aplicado, tan buen alumno!” Contigo, se conformaba: “¡Y, bueno! No todos nacen para el estudio. ¡La nena igual es divina! ¡Tan cariñosa, tan simpática!”
Y así, sin que la vida nos regalara una posición adelantada, sin goles en contra ni palo, los dos, haciéndonos los re cancheros, pasamos al secundario… ¡Otra vez las cajas de mudanza! Esta vez—y espero que sea la última—, aterrizamos en esta casa de dos pisos, con jardín, piscina y garaje para dos autos…Tu cuarto, ahora, está de un lado, y el mío, al final del pasillo. Cada uno, por supuesto, tiene su TV a color, su lector de CD y su grupo de amigos.
¿Qué se sabe de mí? Que estoy en el sub diecisiete, que no pierdo un solo examen y que acabo de salvar el First Certificate. ¿Lo que nadie sabe y me muero por contarte…?
—Lucía ,¡cómo me molesta! ¿Notaste como el viejo, sin preocuparse por lo que me gusta, insiste en incluirme en sus proyectos? ¡No quiero! ¡Para nada! ¡Cuánto más me lo diga, peor!”. Shhh, ¡entre nosotros!: sigo siendo responsable con el estudio, pero mucho menos aplicado. ¡Las chicas me tienen loco!
¿Qué se sabe de ti? Que estás muy bien posicionada en el ballet de cámara ¿Papá? ¡Agradecidísimo! ¿De qué? De que raspando termines el secundario. Shhh, hermana, y…, entre nosotros, ¿qué tenés para contarme? ¡Dale! ¡Atravesá el pasillo! ¡Vení corriendo! ¡Apurate!
Y así, Lucía, como los minutos no se detienen, hayas o no memorizado las tablas, y yo, metido o no un gol de media cancha, llegamos al día sábado pasado, cuando te vi correr hacia la puerta, y recién me di cuenta… que ya no usabas trenzas. ¡Qué pena! ¡Cada día más lejos del tiempo de la rueda- rueda!
¡Querida! ¡Prestá atención! ¡No te distraigas…! El presente es aterrizar con todo el equipaje: con muñecas, risas, peleas, juegos y pelotas… con todo lo que llevamos compartido desde el día que nacimos. Oigo, me parece, aquella tan linda música que escuchábamos sonrisa contra sonrisa. Imagino, verte llegar con tu colchoncito rosado ¡No! ¡No veo bien! ¿Por qué veré difuso? Shhh… ¡No le digas a nadie…! Me parece que estoy llorando.
Por eso, Lucia, porque sos mi hermana del alma, y si se te cae una lágrima me echan de la cancha, te aclaro desde el vamos, que le vayas explicando a “ese” el asunto de los penales.
Ay hermana, ¿cuándo fue? ¿En qué punto fue que largamos? ¡Crecimos, crecimos, crecimos! ¿Por qué?…, ¡tan rápido!
Autora – María Cristina Galeano
cristinagaleano@netgate.com.uy