Posteado por: regalato | septiembre 7, 2007

ASIGNATURA PENDIENTE

Asignatura pendiente  

Regalo-relato 

Julita, ni felinos ni conductores podían esquivar al felino mecer de tus caderas. Sin embargo, tu arrogante aire de desacato tenía una extraña veta de inocencia…Tu largo cabello de brillo azabache contrastaba con tu rostro de magnolia; tu trajecito negro de corte impecable, tu mirada azul hielo, y tus oros en cada uno de tus dedos, ¡me recordaron que ya había llegado el invierno! 

¡Allí estabas Julita,… después de tanto tiempo! Recién llegada en el vuelo de las once. ¡Qué extraño! ¿Por qué estarías dos horas más tarde, sentada a pocos metros del mar, con tu vista perdida en el infinito? 

Paralizado por el encantamiento que me provocaba verte de nuevo, quedé irremediablemente atado a un banco cercano. Le supliqué al mar que atrapara mi mirada,… que no la dejara tentar por aquellas indisciplinadas aureolas del humo de tu cigarro, que sin piedad me transportaban a tu lado. 

Recién entonces, saqué de mi billetera una foto otrora color blanco y negro y ahora amarillenta, pero con colores vigentes. Desde allí me miró una Julia con hoyuelos risueños en las mejillas, con el pelo azabache recogido en un moño, con la mirada azul cálido. Vestía con toda naturalidad, una pollera kilt a cuadritos azul, blanca y roja y una polera inmaculada. Bajé de pronto la mirada a sus negras botas tejanas que antes adoraban moverse al ritmo de los Beatles y de los Rollings…Rápidamente la oculté del aire. Con curiosidad me pregunté si algún día… habrías vuelto a escuchar la canción “Imagine“

.   “Quizás sí, quizás no“—pensé contando los años. ¡Veinte años eran demasiados! Sin embargo para mí estaba todo tan fresco como la pintura del banco de al lado… Recordé aquellos discos de pasta que iban y venían de la casa de al lado, aquellas primeras salidas en grupo con la barra del barrio, aquella romántica canción “Imagine”, que inspiró nuestros primeros abrazos. 

 ¡Qué distintos aquellos tiempos, cuando con dieciocho años nos sentíamos grandes, y con cuarenta, a nuestros padres los veíamos ancianos! En que hacer resúmenes y pasar de año, era igual de sencillo que respetar a los catedráticos… 

Época en que no había teclas ni botones, pero sí más aire, risas y colores, y era considerada rebelde, la madre que trabajaba fuera de la casa, cumpliendo triple horario… 

Tampoco había microondas con grill, lavarropas programado ni DVD multizona, y aún así, se subsistía sin mérito alguno…Cuando por los ceros de la luz, el agua y el teléfono nadie se quejaba tanto, y ¡era todo un alarde!, usar Levis de pana y fumar La Paz suave… 

Había menos accidentes de autos y de alianzas lejos de los dedos anulares; se corría menos por los pesos, se dormían más siestas y se leían mas cuentos de hadas y piratas… En aquel entonces, ¡los niños nunca jugaban solos con juguetes y sin luces psicodélicas!, y se transpiraba mucho, mucho…, antes de darle el primer beso a la chica con la que se había soñado días y noches.  

Estaba distraído y no la ví venir. De pronto, fuertemente, me golpeó en el pecho una pelota de basket. Un niño de cabellos castaños y ojos verdosos me estaba pidiendo disculpas… “Mejor así“– pensé, conformándome. De nada sirve poner en marcha a tantos recuerdos pasados.

Pensando de esta manera la miré nuevamente. Mientras encendía el segundo cigarrillo suspiré: “¿Se acordará ella de aquel lejano La Paz Suave?” Aquel que fumamos en la esquina a escondidas, que fue el preámbulo a aquella declaración de amor, ¡que si la escucharan los jóvenes de hoy…, morirían a carcajadas! Siempre me había preguntado porque lo nuestro no había prosperado…

Quizá por mi inexperiencia, quizá por mi falta de ambición…, quizá porque los dos queríamos cosas distintas. Ayudado por mi estilizado 1, 98 m, yo siempre había sido bueno en el basket. Durante horas y horas practicaba aquellos dobles. ¡Qué lindos eran tus brazos levantados!

Sin embargo, no todo era deporte…Tardes enteras de domingo nos pasábamos en el cine. A la salida, unas muzzarellas nunca nos venían mal, ¡y para un heladito, siempre había un lugar…! Aquellas eran nuestras salidas, pues los días de semana volaban entre resúmenes y escritos.  

Mmmm ¿Porqué habrá sido Julita, que después de un tiempo regalaste a tus primas aquella pollera kilt y tus botas tejanas? Desde entonces, comenzaste a vestirte con jeans ajustados y camisas intrigantes, y a calzarte con tacos de aguja inquietantes. Ya no ponías cara de felicidad saboreando aquellos helados gigantes, ya no pedías ni por mis dobles, ni por mis abrazos, ni siquiera extrañabas mis llamadas telefónicas.

Así fue que un día, al poco tiempo, mirando la punta de tus zapatos, como una amiga me dijiste:

—Nacho, tus sueños… ya no son los míos…. ¡Perdoname!

 ¡Otra vez el mismo niño me pegaba con la pelota!, otra vez me pedía disculpas“¡Qué niño torpe!“—pensé moviendo la cabeza de un lado a otro.

Entonces, subí la vista despacio, por encima de la línea del horizonte. Un avión de Lan Chile en ese instante  remontaba vuelo en cámara lenta. Mmmm “¿Sería el mismo que te había llevado a Santiago hace ya tantos años, cuando te casaste con aquel millonario…?”

Quizás… ¿quién lo sabe? ¡Las vueltas de la vida son tantas…! Como tiro al canasto recordé aquella ida sin despedida, aquel gusto amargo en la boca, aquel diploma de abogado que llenó mi tiempo y mi bolsillo, ¡pero no mi vacío tan grande! 

 De pronto, un gorjeo de gorrioncito me trajo el recuerdo de aquella compañera de generación que invité a ver un partido de básquetbol y se hizo fanática, de mi despedida de soltero, de aquel hermoso querubín que justito al año nacía entre mimos y peluches… 

Mi reloj pulsera me decía: “Nacho, ¡ya es hora!“. Giré entonces la vista hacia el Boulevard. Desde allí casi podía divisar mi casa pintada de blanco, imaginar a Marisol destapando las ollas… a Tiago bamboleándose en su tierno paso…a la mesa puesta con un sugestivo ramo de claveles rojos muy brillantes.

Consideré entonces que ya había llegado el momento de dar vuelta la página, de pasar de una vez por todas y sellar aquella asignatura pendiente. Comencé a levantarme sin prisa, muy, pero muy lentamente del banco. Por fortuna, el viento había llevado al humo de tu cigarro para alguna otra parte. 

“¿Qué hacer?“— me pregunté ya en el filo de una encrucijada. ¿Evitarte…, cruzando allí mismo la Rambla?, ¿seguir paralizado, observándote? ¿O, simple, pero peligrosamente, saludarte…? 

Julita, casi, casi llegaba a reflejarme en tu cabello negro azabache, y aún no lograba descifrar para dónde irían mis pasos… El corazón me palpitaba como doble de basket…,y tus ojos… ¿dónde estaban…? No miraban al mar; ¡estaban deslumbrados, fijos en tus dedos plagados de oro y brillantes…! ¡Recién entonces lo pude ver claro como el agua…! ¡Fue tu desamor, tu frío de invierno lo que me obligó a desviarme!… ¡A desear sólo a Marisol, a mi Marisol y sólo a ella comprarle claveles rojos, de un rojo brillante! Saltando en el aire me decía el niño que habita dentro de mí:” ¡Nacho, por fin atajaste el pelotazo!¡Por fin…!

Julita, ¡qué cerca de mí pasó tu perfume a magnolia! Tú, ni siquiera me miraste… Serenamente, comencé a tararear la canción “Imagine” y, logré decirle ¡adiós para siempre!, a aquella asignatura pendiente.  

Autora – María Cristina Galeano                                                      

 Libro  “Cosas que pasan”                                                                        cristinagaleano@netgate.com.uy   . ,   .    


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