Posteado por: regalato | septiembre 8, 2007

UN GOL DE MEDIA CANCHA

Un gol de media cancha

Regalo – pensamiento 

La televisión desprendía consumismo. Se avecinaba el día del padre. Entre tantos melosos abrazos y reflexivas palabras, una propaganda de calzado deportivo atrapó mi atención. Se trataba de un niño delgado, de unos ocho años, de piel trigueña y ojos verdes. Acababa de rematar un golazo de media cancha. Todo transpirado miró para el cielo y como un huracán corrió imparable a los brazos de su papi. Su mirada le decía… 

-Raúl, ¿qué te gustaría regalarle a tu papá?, casi desde la puerta de calle, guardando la tarjeta de crédito en su billetera, me preguntó Leonor, mi señora. Y seguía: al mío estoy en la duda, si un suéter de lana, una billetera de cuero o un pantalón de gabardina. Algo más creo que murmuró ya en la luna, con las llaves del coche haciendo de castañuelas. 

Mi reacción inmediata fue apagar la tele. Como león enjaulado comencé a atravesar la sala; iba y venía… iba y venía… ¡Ni que esguince ni que contractura de espalda! Era otra cosa la que me preocupaba, y, mucho, ¡demasiado!: el regalo de mi viejo.

Fue justamente mirando la computadora que recordé que existía un servicio de relatos y cuentos a medida. ¿Qué sería eso? ¡Investiguemos!, me dije. 

Leí: ¿Alguna vez regaló una emoción? ¿Alguna vez contó un sentimiento? 

¡Suficiente! Ya estaba convencido. Quería uno y lo antes posible. Segurísimo estaba que no habría mejor regalo en el mundo para mi padre. Qué fantástico sería poder contarle sin prisa, en voz baja, asentado en el presente, con perspectiva al pasado, tantos y tantos sentimientos embuchados, vaya a saber por que causa. Mmmm, ¿regalar una emoción…no será lo mismo que regalarse?, curioso me pregunté, ya por mail enviando los datos. 

Papá: este regalo- relato, ni se porqué, me hace trasladar a mi época de niño, cuando para el día del padre te regalaba unas simples palabras escritas en una hoja suelta de cuaderno. ¡Y sí, ya lo sé!, muy prolijas no eran. Pero, ni te imaginas, lo que me esforzaba para emparejar las te con las eles ¡Qué paciencia la mía! Me tenías que ver guardar aquella hoja en la mochila, las vueltas que le daba cuidando que no se le doblara ni una puntita. Luego, corría, corría, por la vereda con mi tesoro. Deseaba como nada en el mundo darte mi regalo. Pa, ¿lo recuerdas? 

 Luego llegó el secundario. Ya no corría; más seriecito había entrado en la etapa de la vergüenza. ¿Cómo iba a regalarle a mi viejo una hojita? Mejor una crema de afeitar o un perfume. Como para ganar unos pesitos trabajaba medio horario de cadete en una farmacia, te confío: los conseguía a buen precio.

Ya sabes, nunca fui un estudiante que te llenara de orgullo. La llevaba facilísimo; me esforzaba lo necesario, igual pasaba de grado… ¡Qué mala suerte! Aquellos tiempos justo coincidían con tu menos paciencia y con mi explosiva rebeldía. Me gritabas: “Qué vas a hacer con tu futuro”. Yo te retrucaba: “No te metas en mi vida”. ¿Te acuerdas, padre? 

Entre incertidumbres, sin tener aún claro lo que quería, -y te confío hoy- para no escuchar más tu musiquita, me zambullí de cabeza en la Facultad de Ingeniería. Por supuesto, la primera clase de matemáticas me indicó que ¡urgente!, rumbeara para otro lado… Viejo, ahora que miro para atrás, me parece ver una vena que marcaba tu frente al abrirme la puerta de calle. Tu mirada tenía una expresión que me quedó grabada. ¿Qué estarías pensando? 

Y así, entre recomendaciones de tus amigos y pasantías, un soleado día de verano, tuve que dejar definitivamente de lado el bronceador y calzarme el traje cruzado. Del estudio, ¡mejor ni hablemos! Por supuesto ya ganando un mejor salario, ¿qué me costaba meter un lindo tarjetaza para comprarte una buena pilcha de marca? ¡Qué agrandado y consumista era. ¿Recuerdas, viejo?  

De ahí en más, -ni sé porqué-, los años parecieron acelerarse. El primer cambio de trabajo, coincidió, ¡oh, casualidad!, con el día que conocí a Leonor en un baile que dio en su casa. Al año, ya era la persona de confianza en la empresa de su padre. Para festejar, ¡qué mejor que comprometernos con baile de gala!; y, el tercero, a los tres años, con la dirección de la empresa arribó con una pregunta: ¿Porqué no darle el gusto?: ¿Qué más romántico que pasar la luna de miel en Paris y en un Bateau Mouche, navegar por el Sena? ¡Oh, viejo! ¡Otra vez veo tu arruga marcada en la frente!

Ni Champs Elisées ni Moulin Rouge -te confío- alcanzaron para hacerme olvidar que pronto sería el día del padre. ¡Qué gusto fue para mí traerte de regalo aquella fina camisa de seda que combinaba tan bien con una corbata italiana! Viejo, ¿aún las conservas? 

¿Cuándo viene el nene? ¿Y, para cuando la nena? ¿Se van a quedar con el casal solamente?, nos bombardeaban las tías viejas, sin tregua. Cuando nació el tercero, Agustín, gritamos: ¡Cartón lleno!

En aquellos tiempos sí que hacíamos ejercicio. Corríamos tras los nenes, muchas obligaciones de la casa, tantos proyectos. ¡Parecía llegar aún más de prisa cada día del padre! Leonor se ofrecía a comprar tu regalo. Yo delegaba. Igual nunca te faltaba.

¿Entre nosotros?, como tú dices,  ¿verdad que no tiene mi buen gusto?  Pero, lo importante, lo que no quiero perder de vista, viejo, es agradecer, que aunque con algún traspiés, tú y yo, aún estemos en tiempo de alargue; ¡y, como si fuera poco!…, hoy me haya llegado el día, en que una luz me alumbró y tan claramente me recordé, trigueño, de ojos verdes, estirando aquella hojita suelta de cuaderno. “¡Ojalá no se me arrugue ni un poquito!, pedía al cielo con ocho años.

 ¡Increíble! Hoy por hoy, aunque tantas veces no lo quiera asumir, ya llegué a tu edad, ¡aquélla! Mis hijos son los adolescentes, los que me gritan: ¡No te metas en mi vida! Te confío, bajito: recién con el hilo de estas palabras, estoy descubriendo el porqué, al abrirme aquella puerta, se marcó una arruga en tu frente. Me estoy mirando al espejo, ¿sabes?, también me la encuentro. 

 ¿Una buena? Estos, querido, son tiempos de coincidencias; aunque a veces te pongas un poco rebelde, yo ya tengo más paciencia. ¿Leonor y yo?: ¡Y sí!, ya nos sacamos unas cuantas amarillas. La roja, la rozamos en el bolsillo.

 ¿Qué quiero de mi futuro? A veces quedarme quieto, a veces volver a empezar, ¡tantas veces cambiar de rumbo! ¿Ahora, en este preciso instante? ¡Una sola cosa deseo!: aprovechando que el juez todavía no pitó, mirar de frente, hacer un gol de media cancha. ¡Pa!, te veo allá parado, ya no tan lejos, me siento tan bien cuando me miras. Corro como un huracán, corro sin acordarme del esguince, corro todo transpirado. ¡Parezco volar hacia tí con mi regalo! ¿Sabés papá?, sigo rogando que no tenga una sola arruga, sigo queriendo que me abraces, mi mirada continúa diciéndote: “¡Te quiero!”. Me siento regalado. 

¡Muy feliz día!

Tu hijo 

AUTORA- María Cristina Galeano

cristinagaleano@netgate.com.uy     


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